4 oct. 2011

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Y tras esa conversación que cambiará mi vida por completo, apago el ordenador, me tiro a la cama con el disco de La Oreja de Van Gogh sonando de fondo y el cuaderno de Economía delante de mí por si me entran ganas de, aunque sea, mirármelo un poco para el examen de mañana. A mi derecha tengo el móvil, por si le da por sonar, por si me sorprendes de repente, pero no sucede. El único mensaje que recibo es para avisarme de que ya tengo saldo. Me planteo si mandarte un mensaje o darte un toque, pero no tengo ganas.  Prefiero omitir ese pensamiento. Prefiero seguir tirada en la cama sin hacer nada mientras todas las canciones hablan de mí. Vuelvo a mirar el móvil para comprobar que no está en silencio, y no lo está, tal y como pensaba. Y tras escuchar dos veces el mismo CD, llegan mis padres a casa y yo me voy a la ducha mientras escucho canciones aleatorias que casualmente también parece que estén hechas para mí, y entre tanto agua rompo a llorar ocultando mis lágrimas en las gotas que caen. Y al salir, me armo de valor y entro en el ordenador para mirar si estás conectado, pero al verte me desconecto rápidamente y me voy.
Sí, cuando se trata de ti, soy una cobarde.
Lo sé.

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